Febrero, el Carnaval y las máscaras que seguimos usando
Febrero es un mes cargado de símbolos. En muchas culturas, es el tiempo del Carnaval: una celebración ancestral que invita a romper estructuras, invertir roles y cubrir el rostro con máscaras.
Desde sus orígenes, el Carnaval ha sido un espacio donde, por unos días, lo oculto puede expresarse, lo reprimido encuentra una vía de salida y la identidad cotidiana se disuelve detrás del disfraz.
La máscara, en este contexto, no solo adorna. Protege, habilita, permite mostrar aquello que normalmente no se anima a salir.
Más allá de la fiesta, las máscaras no se quedan en febrero.
En la vida cotidiana también aprendemos —muchas veces de forma inconsciente— a usar máscaras. No siempre visibles, no siempre elegidas. Son formas de mostrarnos al mundo mientras ocultamos aquello que nos hace frágiles, vulnerables o sensibles.
Desde la mirada de la neurociencia, esto tiene sentido. Una de las funciones principales de nuestra mente es acercarnos al placer y alejarnos del sufrimiento. Para cumplir ese objetivo, desarrolla estrategias de protección emocional. Muchas de esas estrategias se manifiestan como máscaras: actitudes, roles o formas de vincularnos que nos cuidan del dolor, del rechazo o de la incomodidad interna.
El desafío aparece cuando olvidamos que son solo máscaras y comenzamos a identificarnos completamente con ellas.
A veces, esas máscaras se expresan a través de colores. Cada color puede reflejar una manera de sentir, de protegernos y de estar en el mundo. En cada uno conviven luces —recursos, fortalezas— y sombras —aspectos que preferimos no mirar—.
Desde Mindfulness las invitación es a observarlas no es para juzgarnos, sino para tomar conciencia. Porque solo aquello que se vuelve consciente puede transformarse.
Por eso, te propongo una experiencia lúdica y reflexiva: un juego para elegir una máscara, conectar con su color y descubrir qué aspecto de tu personalidad se expresa hoy a través de esa luz y esa sombra.
Recordá: no se trata de etiquetas, sino de autoconocimiento, presencia y amabilidad con uno mismo.
Las máscaras no son un problema. Son señales.
Nos muestran qué parte de nosotros aprendió a protegerse y qué parte pide ser mirada con más conciencia.
En mis programas de Mindfulness y Bienestar trabajamos justamente en este espacio: aprender a observar sin juzgar, a reconocer nuestras máscaras y a elegir, con mayor libertad, cómo queremos habitar nuestra vida cotidiana.

